lunes, 26 de diciembre de 2016

PERDIDA

Perdida. Pérdida. ¿Viene a ser lo mismo no? Cada vez que estoy perdida, pierdo. Me pierdo, estoy perdiendo.

Ni te imaginas cuanto odio volver a echarte de menos; que no vas a volver es innegable y aunque volvieses, sé, sabemos, que no sería igual. Porque las cosas no pasan dos veces y que lo nuestro es pasado, pasó, es un hecho, principio indemostrable, axioma del presente.
No me queda más que aceptarlo e intentar pasar página, o mejor aún, cambiar de libro, esconder el tuyo y hacer como que se me olvida dónde está.

Lo juro, lo he intentado, pero siempre acabo perdiéndome en él de nuevo, ¡y cómo no!, perdiendo.
Quiero seguir pensando que lo superaré, que dejaré de sentir la necesidad de releer nuestras conversaciones sintiéndome estúpida por no haberte valorado lo suficiente. Que dejaré de verte en cada foto semi-profesional (a nuestra manera) que haga (como la de abajo), mi fotógrafo particular.
Prometo que tendré cojones de volver al mirador de San Miguel Alto y no sentarme en nuestro escalón. Que será 22 de noviembre, 15 de febrero o 17 de julio y ni me percataré, serán días cualquiera. Que podré abrir el armario, ver tu sudadera y tu gorro y no sentir los ojos más húmedos de lo normal.
Prometo que se me pasará, que pasarás, no por otro intervalo de tiempo sino para siempre.

Y es que siempre vuelves (¡mentira! nunca has vuelto, solo es tu recuerdo) y cuando quiero darme cuenta vuelvo a estar hundida en ti.
Te necesito para salir de este pozo en que te has convertido (tu recuerdo), ¡qué irónico!

Ya hace un año, un puto año, 365 días y sigo como el primero. No has vuelto ni una vez mientras yo he retrocedido incontables. Merecido, por no haber valorado una mierda.

Me pierdo y lo pierdo todo en el laberinto de mi cabeza sin tener más escape que escribir, vía alternativa, escupir palabras y teclear sin fin alguno mas que el desahogo.
No encuentro la salida. Te necesito para volar y verlo todo en otra perspectiva, hacer un plano aéreo del laberinto y buscar el 'exit' o más bien la salida de emergencia.
'Por volar mientras todos caminan'; prometo que pasaré por ese paso de peatones y ni será de noche ni tendrá que salvarme de la pérdida, de perderme.

Juro que serás pasado, que no te necesitaré para encontrarme, que no desearé tu regreso. Juro que me curaré (de ti, y de eso).





Échandote de menos, mientras me echas de más.

jueves, 22 de diciembre de 2016

RETORNO

Comencé a caminar. Iba a verte de nuevo.
Como en las últimas veces, habíamos quedado únicamente por tu insistencia en que tenías algo que darme.

Me sentía comprada pero yo también quería sorprenderte así que compré cosas que sabía que te encantarían y papel de regalo, el más bonito que había, y lo envolví todo antes de salir.

No quise coger el bus así que recorrí a pie media Granada.
Llegué.
Te esperé. Me asustaste al aparecer. Odio esperar y no saber por donde vendrá quien espero, y efectivamente así pasó, esperé mirando hacia la derecha y me sorprendiste por la izquierda.

Fuimos a tu piso y me lo enseñaste, sin dejar de lado las indirectas en cada instante de la conversación.
Te di el regalo, te sorprendiste mucho, lo abriste y lloraste. Me sentí mal, esta era la segunda vez que te veía llorar, siendo la primera cuando te dejé.
Pasaron las horas y tenías que ir a trabajar. Yo aún tenía tiempo así que te acompañé.

Y joder, estabas tan jodidamente preciosa trabajando de camarera que a bocajarro se introdujo en mi cabeza un deseo irrefrenable de volver a besarte.
Habían pasado meses desde la última vez, estabas conociendo a otra chica, habías besado a otras, yo también; no estaba segura de si me seguirías.

No podía apartarlo de mi mente, estaba comiéndome unos nachos con queso cortesía de la camarera y me resultaba imposible retirar los ojos de ti.
Llegó tu jefa, notó algo extraño, y en breves me echaría si no me iba yo misma.
Aproveché unos minutos en los que bajó a por cerveza para despedirme de ti y ¡zas!, tus labios volvieron a derretirse en los míos.

Me fui. Cuando llevaba recorrida la mitad de la calle saliste y me gritaste "capulla" sonriendo. Te miré y sin decir nada seguí mi camino. Te dejé con ganas de más, como siempre, innagotable.

Te quedaste paralizada. Quizá si que sea una capulla, es cierto, volví a romperte los esquemas, estaba de vuelta en tu cabeza, enredé aún más los cables.
Lástima, es lo que hay.

No entendías por qué siempre acabábamos besándonos pero es obvio, tal cual te lo dije, nos seguíamos gustando a pesar de todo.
Me atrevería a asegurar que si te digo que te quiero vuelves a dejarlo todo por mí, pero no quiero volver a hacerte daño y yo no puedo asegurarte nada con futuro.

Te odio cada vez que recuerdo lo que me hiciste, el mayor error, quizá por lo que lo nuestro no funcionó.
Te amo cada vez que nos fundimos en un beso.
Te odio cada vez que discutimos.
Te amo cada vez que te veo.
Te odio cuando no me entiendes y te pones en mi contra.
Te amo cuando sigo siendo lo sufieciente en tu vida como para que me regales algo.
Te odio cuando piensas mal de mí.
Te amo cada vez que leo tus cartas.
Te odio cuando besas a otras.
Te amo cuando me mandas canciones que vienen a decir que no puedes olvidarme y que nunca lo harás.
Te odio cuando finges que ya no te importo.
Te amo cuando vuelves a mí.


Te [am{o]dio}.

sábado, 17 de diciembre de 2016

ARTE

Eres arte y no lo sabes, ni siquiera lo sospechas.
¿En qué momento y cómo se decide lo que es arte?

Catalogar algo como arte implica destinarlo únicamente a la observación, abstraerlo del mundo material y elevarlo a un nivel superior. Y eso es lo que hago contigo, te observo, e incluso te sueño.
Jamás te poseeré, ni quiero hacerlo porque ya sabemos que en el momento en el que lo hiciese dejaría de verte como arte y descenderías rápidamente hacia un nivel inferior.

¿Es lo que pasa siempre no? Conseguir algo que quiero y dejar de quererlo son dos estados tan diferentes que, viviendo entre caos, contradicción y bipolaridad, se suceden inmediatamente, pasando de lo primero a lo segundo en una porción mínima de tiempo.

Por eso no te conseguiré y seguiré observando tus facciones y proporciones como lo que son, arte en el relativismo de la belleza.
La elegancia de tus movimientos mientras me bailas cada canción nueva con tus ojos brillantes fijos en los míos que te observan como los del ciego que ve el mundo por primera vez.
Caminar de tu mano sintiéndome torpe mientras tú miras a los demás con superioridad por llevar a lo mejor del mundo a tu lado sin saber que eso mismo eres tú y la afortunada soy yo.
Que acerques peligrosamente tus labios a los míos y que cuando estén a punto de fundirse los retires.
Tener que volver a convencerme de que eres arte y no te puedo tocar.

Es innegable, me gusta observarte.
De poseerte ya se encargan mis sueños.

No eres como las demás, no eres común, he ahí lo que te convierte en arte.
Me fascina que no te dejes influenciar por quien me quiere hundir así como que la hayas calado, a ella y a otras tantas, desde el primer día. Me encanta que "estemos en todo" como tú lo llamas y tener nuestro lenguaje personal. Me gusta que me digas que soy muy grande y valgo mucho cuando tú eres enorme y vales más. Innefable es tu sonrisa y dos idiotas hipnotizados mis ojos cuando tienen el placer de observarla.

Me atrevo a sospechar con convicción que la forma en la que te veo es la misma en la que tú me ves a mí.
Y así es como [sobre]viven dos corazones enamorados que no se atreven a fundirse por considerarse cada uno inferior al otro.

ARTE x ARTE = X, ecuación de segundo grado en la que X puede adquirir dos valores: X = caos o X = perfección.
Dos posibles soluciones matemáticas, una única opción en la realidad y ninguna nos atrevemos a formular la ecuación, siendo necesario únicamente un beso en el que nos volvamos una para efectuar la multiplicación.
Quizá por miedo a la perfección o con más probabilidad, por temor al caos.
Por negarnos a dejar de observarnos como arte individual.

Sea como sea de momento me conformo con am[arte]. Sin tenerte.




Deseándote.

sábado, 3 de diciembre de 2016

SOPLA

Comenzaste como comienzan las grandes cosas, sin esperarlo y a bocajarro.
Implacable, me haces volver al laberinto de la indecisión, dulce introducción al caos. De vuelta en el centro de la carretera, con miles de vehículos aproximándose a velocidades vertiginosas y sin saber si correr hacia el arcén derecho o hacia el izquierdo.

Sin quererlo, sin haberlo pensado siquiera, aquí estoy, escribiéndote.
Tengo miedo, miedo a que acabe algo que ni siquiera ha empezado, a volver a vivir de ilusiones y caer desde más alto aún.

Sin permiso te has instalado en mi cabeza y no consigo sacarte, aunque miento si digo que lo intento, porque no, no lo hago, no quiero que salgas de ahí.
No tengo ni idea de como has conseguido introducir larvas de mariposa en mi estómago, pero te odio por ello. Están a punto de completar la metamorfosis y joder, me acojona que cuando salgan revienten el mariposario.

No me gusta sentirme tan jodidamente patética esperando un mensaje tuyo en ese jod[bendito]ido grupo.
Tan indirectamente directo.

Te has convertido en mi deseo [ir]realizable pero es tu culpa, por alimentar al monstruo que se moría de hambre, por ilusionar a la desilusión personificada, por darme esperanzas que ojalá no sean falsas.

Deseo no ser de "usar y tirar" para ti; ya sabes a lo que me refiero.
Deseo que te quedes, y quedarme, que seas, que seamos.
Me atrevo a suplicarle al destino que escriba nuestra historia, con altibajos, complicaciones, baches, obstáculos, caídas, con toda la mierda que quiera meterle de relleno, pero que sea nuestra, tan perfectamente imperfecta como nosotros.
Me da igual que sea difícil, es más, mejor si lo es, cuanto más duro sea el camino, mayor será la gloria. Y quiero que seas mi gloria, ya lo he decidido.

Solo puedo seguir deseando; que no me uses, que no te canses, que no me desilusiones ni me dejes caer, que me desees, que sigas construyendo el camino con esas tonterías, que nunca se acabe y que no falles. Si tuviera delante un diente de león te pediría; como se pide lo que más se desea, cerrando fuertemente los ojos, apretando un párpado sobre otro.

Y como no vas a leer esto me permito gritártelo, como se grita en prosa, en mayúsculas: ME ENCANTAS.

No lo sabes pero ya estás plasmado en tecleos, te he concedido el privilegio de perdurar, como ojalá lo hagamos no[s]otros si el destino se atreve a escribirnos.



Sopla y desea.