Tiempo. Seis letras, tres consonantes y tres vocales, dos abiertas y una cerrada; un término finito que contiene algo posiblemente infinito y que se nos escapa en todos los sentidos.
Cuando estoy contigo el tiempo toma esta forma 'tiempo' y cuando no, adopta la de 't i e m p o'. Puedes leer la primera como si tu voz sonase a velocidad ultra rápida y la segunda como la típica de un vídeo a cámara lenta.
Y sí, ahora hablo de velocidad porque el tiempo a tu lado es un conductor negligente que a sabiendas de que no hay radares en la zona, toma un tramo de carretera a 230 km/h mientras que el tiempo sin ti es alguien que hizo el práctico ayer y hoy conduce por primera vez con la 'L' en la ventanilla trasera y sin atreverse a pasar de los 60 km/h.
Creo que es un capullo porque no encuentro explicación para estar abrazada a ti, mirar la hora, pestañear, volver a mirar y que hayan pasado 120 minutos de golpe mientras que estando en cualquier otra parte solo transcurran 3 segundos en la misma secuencia de mirar la hora, pestañear y volver a mirar.
Estando contigo, en cambio, aunque en algunos momentos no haya contacto entre nuestros cuerpos, amo todo el espacio que nos rodea, que nos supera, ya sea absoluto o relativo, de tres dimensiones o de diez.
Me fascina lo diminutas que somos al considerarnos como una parte de ese todo que es el espacio y cuya extensión realmente se desconoce y admito que hace años me asustaba imaginar que pertenecíamos a una galaxia entre millones, los cuales no podía abarcar con la mente y acababa viéndolo todo negro azabache.
Siendo así concluyo que odio el espacio que me separa de ti pero adoro el que contiene al universo, cómo explicar si no el cúmulo de emociones de aquella noche de martes trece contemplando las estrellas.
Nosotras dos, en el balcón, mirando la bóveda celeste y sin poder ver el resto de universo que escapa a la visión humana desde esa perspectiva, miles de sentimientos desatados, inexistente espacio separándonos e infinito rodeándonos.
Tengo aquella noche como una de las mejores de mi vida, espaecialmente mágica.
Es la base del mundo físico, forma parte de absolutamente todo.
Te compone. Compone pues, lo que más quiero en este mundo.
No sé ni por donde empezar a hablar de la jodida materia porque es partícipe de absolutamente todo cuanto conozco de este planeta llamado 'Tierra'.
Eres materia, soy materia, somos materia. Todos los lugares a los que hemos ido juntas son materia, cada abrazo es la unión material de dos cuerpos, cada beso la misma unión pero de dos pares de labios, etc.
No puedo escribir aquí sobre todas las cosas 'materiales' que quiero aunque me gustaría hablar de cada una de las partes de tu cuerpo así como de cada cosa que me has dado pero habrá millones de ocasiones más y prefiero no agotarlo todo.
Tus ojos verdes, tus manos cuando me acarician, el sofá, la cama, el camino de los álamos, la playa, los bocados, tus pestañas, tu jodido cuello, el mar cuando nos rodea, la arena en tu piel, mis dedos recorriendo tu barriga, millones, de, cosas, que, podría, enumerar. Y voy a elegir una, una que no me quito de la cabeza y que necesito escribir sobre.
Si.
Efectivamente.
Eres tú, mordiéndote el labio. Fue el mejor momento material que mis ojos han podido captar y mi mente guardar y lo incluyo en materia porque aunque como para todo de lo que quiera escribir tengo que usar imágenes mentales, fue algo físico y material. Tus labios son materia, tus dientes también.
Probablemente fueron solo unos segundos pero ¡joder! ¡qué segundos! convertidos en eternidad para mí.
Imagen no material imborrable almacenada en un órgano material y proveniente de un cuerpo material.
Desconozco el paso de material a inmaterial ni siquiera sé dónde está realmente esa imagen pero me fascina, me fascinas y eres materia.
Puedo describirla en muchas formas: el impulso que me llevó a abrazarte el primer día, el que aparece cuando sotengo tu mano, el que se desata en cada contacto de tus dedos con mi piel... y nunca lograré plasmarla en su totalidad.
Hay muchísimos tipos y en la consecución de mi título voy a usar la clasificación convencional subjetivamente.
Está la energía térmica cuando dormimos juntas y usas tu poder de estufa en pleno verano y acabamos sudando, la energía eléctrica cuando saltaban chispas cada vez que nuestras miradas se cruzaban, la energía eólica cuando te soplo en mitad del beso, la energía cinética cada vez que noto las mariposas batir sus alas en mi estómago, la energía hidráulica cuando el agua de la ducha recorre nuestros cuerpos, la energía sonora cuando te escucho decir el 'mi amor' que tanto me gusta, la energía de reacción cada vez que nuestros cuerpos entran en contacto, la energía mareomotriz cuando somos arrastradas en el intento de llegar a la boya o la energía magnética responsable de nuestra atracción.
Miles de tipos bajo un solo concepto.
Energía. Suena guay. Quizá porque reúne una 'n' y una 'a' en la misma palabra.
Adoro la energía que se desata en cada beso y cada vez que me coges de la mano pero más aún la que se desató en mi cerebro aquella noche en que soñé contigo. Una secuencia de imágenes no material producida por mi cerebro material en un tiempo y espacio determinados y que desató en mí la energía necesaria para luchar por robarle el adjetivo a mi amor platónico, tú.
Me encanta la energía de cada latido de nuestros corazones y la que lleva a tu piel a erizarse pero por encima de todas ellas se sitúa la que nace cada vez que te digo 'te amo'.
Te amo.








