Te duele el cuello y te das cuenta de que vives en continuo estrés, por culpa de una vida urbana que desintegra el poco tiempo que tenemos en la monotonía de la rutina; se para la música y te das cuenta media hora después, a causa de los pensamientos que te abstraen de cualquier estímulo externo; sigues mirando por la ventanilla aunque es de noche y no se ve nada, únicamente para realizar la misma acción mecánica de desconexión; repasas tu vida de principio a fin tratando de encontrar una salida, alguna solución, alguna forma de mejorar, de reinventarte; te sorprende una fascinante puesta de sol y dejas de escribir inmediatamente a fin de fotografiarla; el tiempo de enfoque del móvil te traiciona y haces dos mil fotos entre las que solo habrá una medio decente; comienza a sonar esa canción y sin pensarlo dos veces la omites; pasan por tu cabeza todas las cosas que tienes que hacer y te vuelve a doler el cuello.
He aprendido a amar la soledad.
Estar sola en una pareja de asientos del autobús, con la mirada perdida a través del cristal mientras suena música en los auriculares y escribo, caminar sola por la calles de Granada, con rumbo o sin él, de noche o de día, qué más da si lo único que importa es que no hay nadie. Todos dicen estar, pero, ¿quién se queda cuando el resto se va?
Es cierto, a veces necesito estar sola, pensar, pero odio la soledad el resto del tiempo, cuando la necesidad de alguien me asfixia sin quererlo.
Hoy una profesora ha dicho que hay que ser feliz por uno mismo, sin que nuestra felicidad dependa de otra persona; pero yo no puedo ser feliz sola, quizá momentáneamente sí pero no a la larga.
Aún así sé que si tuviera a ese alguien que tanto "necesito" acabaría cansándome y me alejaría, como suelo hacer. Nadie me soportaría mucho tiempo, demasiado bipolar; a veces, no me aguanto ni yo, y mejor no hablar de comprenderme.
Y conocerme, ¿para qué?
Llevo diecisiete años conmigo, no lo he conseguido y dudo que pueda hacerlo.
Cualquier otra persona que ni siquiera pueda acceder a mis pensamientos podrá mucho menos.
Vuelve a sonar esa canción y ahora la dejas, aún te sabes la letra y recuerdas cada nota saliendo del roce de sus dedos con las cuerdas.
¿Ves? Bipolar al doscientos por ciento.
Tengo miedo.
A que mi corazón deje de latir demasiado pronto, a no conseguir mis objetivos, a fallar, a decepcionar, a no superarlo.
Se hace completamente de noche y aún quedan tres cuartos de hora para tu parada; el conductor da volantazos y te mareas.
Por volar mientras todos caminan.
No hay comentarios:
Publicar un comentario