viernes, 26 de agosto de 2016

AHOGADA

El mar en calma de esta mañana de verano como otra cualquiera se va picando progresivamente a causa de las corrientes de aire que azotan su superficie. Me dispongo a recorrer a nado la distancia comprendida entre la orilla y la boya que establece el límite de la zona de baño permitida. Doy brazadas cada vez más dificultosas, avanzando lentamente mientras soy arrastrada hacia el levante por las corrientes de agua provocadas por el viento.

A mitad del trayecto, distando lo mismo de la salida que de la meta recuerdo el momento previo a mi entrada al mar en el que mi hermano me pedía un argumento de por qué quería ir tan lejos en esas condiciones y obtenía como respuesta un 'me gustan las dificultades'. No pudo haber habido mejor contestación porque el recorrido estaba siendo realmente difícil.
Sigo avanzando, encontrando cada vez más resistencia mientras las olas cubren mi rostro con agua salada. Me veo obligada a cerrar los ojos a fin de impedir, o mejor dicho reducir, el escozor provocado por el cloruro sódico disuelto. Me está traicionando, el mar que siempre consideré mi amigo por compartir con él el 70% de mi composición.

Inesperadamente una enorme ola se alza ante mí, disponiendo del tiempo justo para inhalar una gran bocanada de aire mientras cierro los ojos. Me hundo. Transcurren unos segundos y comienzo a agitar brazos y piernas sin control, tratando de salir a la superficie. Dominado por el miedo, mi cerebro es incapaz de recordar lo que le dije a mi hermano la tarde anterior en ese mismo sitio. 'Si permaneces en calma el mar siempre será tu amigo, te sacará a la superficie boca abajo y tú solo tendrás que darte la vuelta'.

El movimiento descontrolado de mis músculos consume rápidamente el poco oxígeno que tengo en sangre, almacenado previamente en mis pulmones, proveniente de esa bocanada que robé a la atmósfera antes de sumergirme y que ahora me resulta tan lejana. Necesito respirar y sentir de nuevo que el intercambio de gases está teniendo lugar en mis alveolos pero no puedo hacerlo, estoy rodeada de agua.
Desorientada lucho hasta el agotamiento y de repente, mi boca comienza a abrise involuntariamente y absorve con fuerza una gran cantidad de agua salada. Baja, quemándome la garganta y sin provocar siquiera el alivio que me habría proporcionado una bocanada del contaminado aire de ciudad en esas condiciones.
Un 'chist' suena en mi cabeza y de golpe soy consciente, me estoy ahogando, debido a mi imprudencia y a mi inagotable cabezonería.

Abro los ojos que había mantenido cerrados incoscientemente con una fuerza sobre humana pero el panorama no cambia demasiado, el negro es sustituido por un azul cada vez más oscuro.
Desciendo, lentamente, en lo que me resultan horas y sin aviso, el dedo corazón de mi mano izquierda siente la textura granulada de la arena, que se expande progresivamente hasta tener la sensación de estar tumbada sobre ella.

Mis párpados superiores caen, no puedo detenerlos, y se juntan con los inferiores. Mis labios, morados a causa de la baja temperatura del agua, se separan para volver a aspirar en vano y hacerme perder el conocimiento. Muerta.



La vida me está ahogando, mire a donde mire solo encuentro agua salada ocupando el lugar del aire fresco y lleno de oxígeno. No me sirve para respirar, me está quemando por dentro mientras me araña la garganta. No quiero acabar ahogada. No me dejaré dominar por el miedo.

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