Te quiero, es una sensación que me desborda el alma, inconfundible, inexplicable. Odio quererte como odio no poder decírtelo por miedo al casi seguro rechazo.
Eres preciosa, incomparable. Un accidente obra del destino hizo que nos cruzásemos aquel día en la avenida mientras se aproximaba el atardecer. Tú con prisa y yo sin ella, pasos rápidos, un lugar a dónde ir y mi curiosidad provocaron que acabara corriendo tras de ti arrastrando mi maleta por no poder contener el impulso de querer ver tu rostro por primera vez.
Otro cruce, más inesperado aún que el primero, sucedió a los dos días. Miradas clavamos la una en la otra, incapaces de desviarlas seguimos caminando llegando al punto de andar hacia atrás por no dejar de observarnos hasta que apareciese la esquina de la manzana que indicaría la ruptura de la magia y la separación de nuestros caminos hasta otro choque accidental.
Buscados, planeados, ya forzados esos cruces no sudecieron en los días sucesivos, quizá por miedo a no ser capaces de superar la maravillosidad del anterior.
Una amiga en común, mismo destino, tercer encuentro. Hablar contigo largo y tendido, tú con mil historias por contar y yo que decidí escuchar. Sonrisas, miradas desviadas hacia los labios, nervios y un beso temeroso que nunca sucedió a pesar de las inconfundibles ganas existentes. Tiempo inexorablemente esfumado, momento de volver cada cual a su rutina. Caminar juntas por la calle y cruzar los pasos de peatones tras haber esperado en un silencio para nada incómodo sino lleno de magia a que el muñequito rojo como tus mejillas pasase a verde. Separación de los caminos, larga despedida, dejando entrever las pocas ganas de marchar y el temor a no volver a coincidir. Un 'ten cuidado' y un 'por favor, me avisas cuando llegues' se escapan de tu boca. Conversaciones ocasionales y no más accidentes del destino hasta el presente. Incapaz de hablarte cada día por miedo a molestar pero con unas ganas irrefrenables de hacerlo.
No odio el amor sino el rechazo, el primero es precioso y viene acompañado de un cosquilleo desencadenante de la felicidad mientras que el segundo acojona, establece barreras y lo cambia todo a peor.
Miedo a comprobar si tú ves solo una amistad donde yo deseo que haya amor. Miedo a declararte amor y que tú me ofrezcas solo amistad porque ofrecer amistad a quien quiere amor es como darle pan a quien se está muriendo de sed.
Tranquila, no lo haré, no te diré ni media palabra al respecto, al menos, no ahora. Si no tardas mucho, te espero toda la vida.
Hay tiempo, no mucho, pero lo hay y quizá en un par de años todo sea distinto, cambien las condiciones y el universo conspire a nuestro favor, y sea entonces cuando tenga lugar nuestra historia tan deseada por mi parte con un principio casual y cuyo fin sea la muerte. Mientras tanto me conformaré con soñarte.
Tu chica mística
No hay comentarios:
Publicar un comentario